Mucho se ha especulado sobre la ideología que Nietzsche promovía. El nazismo se estimaba heredero de su pensamiento. Hitler y Mussiolini se le creían sus discípulos intelectuales. El marxismo también le consideraba un precursor de fascismo, pensaban que el filósofo se había anticipado visionariamente creando una idea indispensable para el expansionismo alemán que tendría lugar en el siglo XX . El carácter nacional-socialista de su hermana quizás, promovió más esta interpretación.
Sin embargo, las interpretaciones actuales de su obra destacan su aversión por la autoridad. Lo ven como a alguien con ansia de emancipación individual y de la auto-creacion. Muchos creen que su obra es considerada como el intento de deconstruir los fundamentos del autoritarismo.
Eso conduce a preguntarnos si realmente es o no es un fascista.
Si hacemos una interpretación literal de su obra podemos encontrar algunas coincidencias entre las ideas de Nietzsche y las de los Nazis. Sin embargo, también en Nietzsche hay afirmaciones, como la que hace sobre la mentira del Estado, que lo acercan al anti-autoritarismo. Por todo esto, podríamos decir que Nietzsche tiene ideas en común con los anarquistas.
En mi opinión, las dos teorías tienen parte de verdad. En Nietzsche hay una tensión no resuelta entre autoritarismo y anti-autoritarismo.El anarquismo es el contrapeso que evita que predomine el fascismo. En otras palabras, la lectura fascista de Nietzsche tiene que convivir con sus afirmaciones anti-autoritarias. Mientras, la lectura anti-autoritaria tiene que convivir con sus afirmaciones autoritarias. Resulta contradictorio que defienda componentes de ideas tan opuestas, siendo estás antagonistas pero en eso recae gran parte del atractivo de su obra. Creo que no hay forma de resolver la contradicción entre esas dos perspectivas. Por eso, de Nietzsche no podemos extraer una ideología. Nietzsche es un pensador contradictorio y su obra demasiado paradójica para reducirla a una ideología.
Nietzsche es un pensador poderoso no porque nos diga lo que debemos hacer. No nos brinda recetas. Nos ayuda a aprender las facultades que necesitaremos para evitar caer en las trampas ideológicas y, sobre todo, para, como decía el propio Nietzsche, ‘vivir peligrosamente’, es decir, poder seguir nuestro propio camino.
Aunque parezca un hecho útopico, propio de una película de ciencia ficción, el desarrollo de la ciencia y la medicina durante estos últimos años, está aproximando, cada vez más, un mundo en el que el envejecimiento y la muerte, dejen de ser inevitables. A primera vista, la idea de convertirse en inmortal quizás parezca atractiva. Sin embargo, la posibilidad de vivir en una sociedad en la que las personas no envejezcan y puedan seguir viviendo indefinidamente también plantea enormes dilemas éticos.
En la última conferencia internacional de ciencia, el Profesor John Harris, catedrático de Bioética de la Universidad de Manchester (Reino Unido), ha publicado un artículo en el que hace un llamamiento a la comunidad científica sobre la necesidad de que se produzca un gran debate público para analizar las consecuencias, deseables e indeseables, que podría acarrear la creación de técnicas para acabar con el envejecimiento humano.
En su opinión, los avances que se han logrado en los últimos años sugieren que, en un futuro lejano, esta posibilidad va a existir.Lograr que la gente viva 150 o 200 años no es una perspectiva inmediata, pero sí un tema de especulación científica tras el descubrimiento de mecanismos celulares clave y el éxito en prolongar la vida de animales de laboratorio mediante manipulaciones genéticas. "Si tenemos el control de los genes y de la expresión genética, podemos controlar las cosas que están controladas por los genes, como las tasas de envejecimiento y de mortalidad", dice Michael R.Rose (Universidad de California en Irvine), que ha logrado alargar la vida de moscas del vinagre. Quizá aún falten muchas décadas para que la utopía científica de la inmortalidad se haga realidad, pero la sociedad debe prepararse para ello y debatir a fondo todas sus implicaciones éticas desde ahora mismo. Dado que este hecho presenta numerosos dilemas.
En primer lugar, existen riesgos muy graves de discriminación. Las técnicas contra el envejecimiento, si llegan a existir, sin duda serán muy caras y lo más probable es que sólo tengan acceso a ellas las clases medias y altas de los países más ricos. Por consiguiente, se podrían crear nuevas divisiones sociales terriblemente injustas entre personas mortales e inmortales.
Además, si la gente no envejeciera no podría producirse adecuadamente el relevo generacional. Habría personas con más de 100 años que seguirían teniendo capacidad para trabajar y no dejarían sitio para sus hijos y nietos. Esto supondría que, para asegurar el relevo de nuevas generaciones, quizá tendrían que tomarse medidas radicales: por ejemplo, se tendría que establecer por ley una edad máxima a la que podrían llegar los inmortales y después de la cual tendrían que someterse necesariamente a una eutanasia forzada.
Entre los teólogos, numerosos cristianos consideran que retrasar la muerte significaría retrasar la unión con Dios, y los judíos sostiene que se debe hacer todo lo posible para prolongar la vida. Callahan, un famoso teólogo, afirma que la investigación sobre la prolongación de la vida es parte de una tendencia hacia la adjudicación equivocada de fondos, enfocada hacia la lucha contra la muerte y las enfermedades letales en lugar de aprender cómo cuidar de la gente al final de su vida.